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Mostrando las entradas etiquetadas como Leopoldo María Panero

DE CÓMO UN NIÑO LLEGÓ A LA NEGRA TORRE (XXVI - XXXIV)

XXVI Y allí, tan pronto manchas podridas de algún color, chillón, como el traje de quien ayer mató a su amigo y hoy se viste para una fiesta con atuendos caros que ha malcomprado, tan pronto manchas donde la miseria atroz de la tierra se nombra como musgo poblado de granos y forúnculos rojos y purulentos; y más tarde, como alivio de una lluvia para alguien muerto o agonizante, alguna encina temblando de una enfermedad que no se cura, abierta de par en par por un único tajo como boca de labios rotos, boca hambrienta de un hambre que no se cura, y que sólo se cerrará cuando el tronco caiga y el barro lo cubra con vergüenza. XXVII Y un paso más, y un paso, ni dos, alteran este estar lejos como siempre del fin. Nada sino el atardecer en la distancia, nada que animara a dar un paso y otro más, y sin embargo ando con la fuerza de un martillo, con su misma necesidad, sobre el yunque del que sale fuego para nada, en lo oscuro. Con la misma necesidad del golpe, a...

DE CÓMO UN NIÑO LLEGÓ A LA NEGRA TORRE (XXI - XXV)

XXI Infame arroyo, cuando lo crucé. ¡Dios mío!, qué miedo tenía de que mi bastón tocara buscando suelo firme a un hombre muerto, o de que en mis pies desnudos y húmedos sintiera su barba o cabellera viscosa y muerta, convertida en pez de las profundidades. Tal vez tal vez sólo fuera una rata de agua lo que atravesó de cuajo mi bastón, pero aquel grito -lo juro- era el de un niño. XXII Así que respiré cuando en mitad de la asfixia llegué a la otra orilla, aun cuando vanos es el movimiento de la esperanza, tardo      como el de un gusano al que el pie ha aplastado. No había ya, en la otra orilla, realidad, sino lucha, lucha de sombras anónimas, que nadie podía saber quiénes fueron o por qué se mantenían en "vida" sólo por la lucha cuyo estremecedor pisoteo convertía la tierra en un charco. Sapos en un envenenado estanque o salvajes gatos en una jaula al rojo. Aquel ruido me volvió sordo o me volvió loco. XXIII A eso el combate semejaba e...

DE CÓMO UN NIÑO LLEGÓ A LA NEGRA TORRE (XVI - XX)

XVI ¡Ni siquiera! Imaginé el rostro encendido de aquel Cuthbert bajo su guarnición de hilo dorado, santo cuyo rostro lamo con lengua cansada. Soñé así a Cuthbert y creí por un momento que su brazo sujetaba el mío para retenerme siempre en aquel lugar. ¡Ay, otra noche del desastre más entero! Se aleja el fuego de mi corazón más nuevo, y sólo queda, detrás, el frío. XVII Y es luego Giles quien aparece de pie en mi alma, para sentir el frío,                                  Giles, el espíritu mismo del honor, tan recto y franco como cuando por vez primera caballero fue ordenado. Cualquier cosa a que alguien claro y valiente atreverse pudiera, él la osó. Pero de nuevo la escena se demuda, ¿qué manos de verdugo clavan en su pecho la afrenta de un pergamino? Son los mismos caballeros de su orden, ¡pobre traidor al que la muerte escupe y cubre con su maldición! XVIII Más vale e...

DE CÓMO UN NIÑO LLEGÓ A LA NEGRA TORRE (X - XV)

X De modo que seguí, sólo hice eso, mis pasos como martillo en el metal,                                mi pensamiento como un martillo inútil y tenaz. Pensé que no hubo naturaleza tan infame, hambrienta y dadora de hambre como ésa. nada que pudiera erguirse y todo cuanto era se caía,                                 allí pudo tan sólo crecer una flor cuyo solo nombre sospechado me hizo temblar. Pero no, tártago, cizaña, eran los vástagos que de acuerdo con su tendencia innata hacía crecer estúpidamente para caer, allí se propagaban sin que nadie fuera apto para podar o sentir molestia o dolor por su presencia una y compacta, sin perdón, fisura, tártago o cizaña, el nudo de un solo árbol habría sido allí un cofre en donde, oculto, respirar. XI ¡No! No, inercia, miseria, una mueca el paisaje son toda la h...

DE CÓMO UN NIÑO LLEGÓ A LA NEGRA TORRE (I - IX)

Perversión de Leopoldo María Panero del poema "Childe Roland to the Dark Tower Came", de Robert Browning. I Mi primer pensamiento hubo de ser todo miente y hay sólo un viejo tullido que es el signo de Toda la Mentira, un viejo de pelo blanco y ojo tenso, perverso, que espera en mi faz comprobar el efecto de Toda la Mentira, y su boca que, presa del temblor más lascivo, no logra ocultar el prematuro goce de contar una víctima más. II ¿Por qué si no estaría señalando con su báculo, en qué otra dirección, con qué distinta meta que la de desviar con la promesa que contiene la mentira al viajero del camino cuando inevitablemente lo encontrara una y otra vez en la misma encrucijada? Y preví la risa de calavera en que habría de estallar y qué epitafio escribiría con su muleta en el camino atestado y polvoriento,                      como pasatiempo para los demás viajeros, III Si aceptando su reto me ...

Algunos poemas de Leopoldo María Panero

REQUIEM Yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur. En la cena de los hombres quién sabe si mi nombre algo aún será: ceniza en la mesa o alimento para el vino. Los bárbaros no miran a los ojos cuando hablan. Como una mujer al fondo del recuerdo yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur. LA NOCHE DEL SOLDADO EN LA CASA ABANDONADA El enemigo no está aquí: las sombras. No sé si ha huido al mar o aúlla en la montaña. perdido entre lobos o pegando, por sentir algo el desnudo cuerpo a un roble.                                   Su idea cae de mi cabeza con el hacha que poda una tras otra las ramas del árbol en que la locura cantara, el búho: es el otoño en mi cabeza. Las palabras libertad, patria suenan ahora como el grillo o como la puerta que el viento no conmueve: mañana con mis cabellos encenderé la hoguera.                   ...

El Alcaudón en lucha con la serpiente, de Leopoldo María Panero

A Vicente Aleixandre Hay sangre en el jardín qué importa de quién sea El granizo golpea las puertas las ventanas No acudió la serpiente al llamado de Orfeo No acudió Carlomagno al son del Olifante Una figura más para el museo de cera quién sabe si venció si aún están luchando En Oriente buscó la Piedra Que Da el Sueño.

La canción de amor del traficante de marihuana, de Leopoldo María Panero

LA CANCIÓN DE AMOR DEL TRAFICANTE DE MARIHUANA "...y la gente buscaba las farmacias donde el amargo trópico se fija." FEDERICO GARCÍA LORCA Y para qué morir si en los barrios adonde el carmín sustituye a la sangre nos dan por 125 ptas. algo que según dicen es un sucedáneo de la miel aunque a veces contiene pestañas ahogadas en ella que hay que separar cuidadosamente antes de usarla ¡una pata de pájaro por veinte duros! OCASIÓN el hueco que tanto necesitábamos para meter en él nuestra enorme cabeza y en el espacio de dos horas no oír más que el ruido que ella misma produce (algo así como un río de lodo) qué es lo que esperan, qué es lo que esperan para desenterrar los pedazos de vidrio de colores que la arena se ha tragado o los caramelos que al pasar por sus intestinos se convierten en algo nada grato al tacto, al gusto y al olfato o los perros con que jugábamos en la esquina mientras los autos al pasar nos llenaban de barro todo en fin, las flechas ...