XXVI Y allí, tan pronto manchas podridas de algún color, chillón, como el traje de quien ayer mató a su amigo y hoy se viste para una fiesta con atuendos caros que ha malcomprado, tan pronto manchas donde la miseria atroz de la tierra se nombra como musgo poblado de granos y forúnculos rojos y purulentos; y más tarde, como alivio de una lluvia para alguien muerto o agonizante, alguna encina temblando de una enfermedad que no se cura, abierta de par en par por un único tajo como boca de labios rotos, boca hambrienta de un hambre que no se cura, y que sólo se cerrará cuando el tronco caiga y el barro lo cubra con vergüenza. XXVII Y un paso más, y un paso, ni dos, alteran este estar lejos como siempre del fin. Nada sino el atardecer en la distancia, nada que animara a dar un paso y otro más, y sin embargo ando con la fuerza de un martillo, con su misma necesidad, sobre el yunque del que sale fuego para nada, en lo oscuro. Con la misma necesidad del golpe, a...